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Antes del Domingo
Fe aplicada · Matrimonio

Orar juntos cuando ya no sabemos qué decirnos

En un matrimonio cansado, la oración compartida puede sentirse forzada. También puede ser el puente.

30 de marzo de 2026 · 5 min de lectura

Hubo una época en nuestro matrimonio en que hablábamos poco más que logística — horarios, hijos, cuentas — y la oración conjunta se había vuelto, sin que lo notáramos, una de esas costumbres que se cumplen sin presencia real.

Una noche, en vez de la oración habitual, mi esposa dijo en voz alta algo que no me había contado: una preocupación que llevaba semanas cargando sola. No fue una oración elocuente. Fue, más bien, la primera conversación honesta que teníamos en mucho tiempo, disfrazada de oración.

Desde entonces intentamos algo distinto: antes de orar, nos preguntamos qué necesita el otro esa noche. A veces la respuesta cambia por completo lo que decimos. A veces simplemente nos recuerda que seguimos siendo dos personas, no solo un equipo de logística.

No hemos resuelto el cansancio — sigue ahí, como en cualquier matrimonio con hijos pequeños y trabajos exigentes. Pero la oración compartida dejó de ser un trámite y volvió a ser, aunque sea unos minutos al día, un lugar de encuentro real.

Este texto es una reflexión personal y no representa una postura oficial ni doctrinal de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Para consulta doctrinal, recomendamos acudir a las Escrituras y a los recursos oficiales de la Iglesia.