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Antes del Domingo
Historias · Familia

Lo que aprendí de mi padre en los últimos meses de mi abuela

No fueron sus palabras. Fue cómo estuvo presente cuando no había nada que arreglar.

14 de abril de 2026 · 6 min de lectura

Mi padre no es un hombre de discursos largos. Durante los últimos meses de mi abuela, lo vi manejar dos horas cada fin de semana solo para sentarse a su lado, muchas veces sin decir casi nada.

Al principio no entendía por qué no intentaba llenar esos silencios. Con el tiempo comprendí que no estaba ahí para arreglar nada — no había nada que arreglar — sino simplemente para estar presente, algo que a mí me costaba mucho más que a él.

Una tarde le pregunté cómo sostenía esas visitas semana tras semana sin que se notara el cansancio. Me dijo, sin mucho rodeo, que servir a alguien no siempre se trata de tener las palabras correctas. A veces se trata solo de aparecer.

Mi abuela murió esa primavera. Lo que quedó, para mí, no fue una frase memorable de esos meses. Fue la imagen de mi padre sentado ahí, semana tras semana, enseñándome sin proponérselo lo que significa acompañar a alguien hasta el final.

Este texto es una reflexión personal y no representa una postura oficial ni doctrinal de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Para consulta doctrinal, recomendamos acudir a las Escrituras y a los recursos oficiales de la Iglesia.