Lo que descubrí sirviendo a alguien que no me caía bien
El servicio asignado no siempre es cómodo. A veces es, precisamente por eso, el que más enseña.
28 de abril de 2026 · 4 min de lectura
Me asignaron visitar a un hombre mayor del barrio con quien, para ser sincero, nunca había tenido una buena relación. Sus comentarios en las clases me irritaban, y llevaba años evitándolo sin proponérmelo del todo.
Las primeras visitas fueron incómodas para ambos. Hablábamos de clima, de fútbol, de nada en particular. No había una conexión evidente, y varias veces pensé en pedir un cambio de asignación.
En la cuarta o quinta visita, mencionó casi de pasada que su esposa había muerto hacía tres años y que esas eran, muchas veces, las únicas visitas que recibía en semanas. Algo cambió en mí en ese momento — no en él, en mí.
Seguí visitándolo casi un año más. No nos volvimos amigos cercanos en el sentido convencional. Pero aprendí que el servicio asignado no siempre viene con afinidad incluida, y que a veces la incomodidad inicial es, exactamente, el lugar donde más se necesita nuestra presencia.
Este texto es una reflexión personal y no representa una postura oficial ni doctrinal de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Para consulta doctrinal, recomendamos acudir a las Escrituras y a los recursos oficiales de la Iglesia.