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Antes del Domingo
Fe aplicada · Testimonio

Un testimonio no es una certeza permanente

Crece, se debilita y vuelve a crecer. Nadie me lo explicó así hasta que lo viví.

27 de mayo de 2026 · 5 min de lectura

Crecí pensando que un testimonio era algo que se obtenía una vez, como un diploma. Se guardaba en un cajón y ya estaba ahí para siempre, disponible cuando lo necesitara.

La vida me mostró algo distinto. Hubo temporadas en que sentía mi fe con una claridad que me sorprendía a mí mismo, y temporadas en que tenía que sostenerla casi de memoria, repitiendo lo que alguna vez supe con certeza aunque en ese momento no lo sintiera igual.

Hablar con otras personas — mayores, más jóvenes, con historias muy distintas a la mía — me ayudó a ver que ese vaivén no es una anomalía. Es, quizás, la forma normal en que una fe viva se comporta a lo largo de una vida entera.

Ya no busco la certeza permanente que imaginaba de joven. Busco, en cambio, seguir volviendo — a la oración, a las Escrituras, a las preguntas honestas — sabiendo que el testimonio se sostiene precisamente en ese regreso constante.

Este texto es una reflexión personal y no representa una postura oficial ni doctrinal de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Para consulta doctrinal, recomendamos acudir a las Escrituras y a los recursos oficiales de la Iglesia.