¿Qué hago cuando no tengo ganas de orar?
No es un problema de disciplina. A veces es agotamiento, y merece una respuesta distinta.
24 de agosto de 2026 · 4 min de lectura
Durante meses traté la falta de ganas de orar como un problema de voluntad. Si no oraba, era porque no me esforzaba lo suficiente. Esa lógica me dejó más cansado, no más cerca.
Lo que cambió las cosas fue preguntarme qué había detrás del cansancio. A veces no era falta de fe: era simplemente agotamiento, o la sensación de estar repitiendo palabras sin saber si alguien las estaba escuchando.
Empecé a orar distinto. Frases más cortas. Silencios más largos. Algunas noches, en vez de pedir algo, simplemente contaba el día en voz baja, como si hablara con alguien que ya lo sabía todo pero quería escucharlo de mí de todos modos.
No tengo una fórmula para recuperar las ganas. Pero aprendí que presentarse, aunque sea con pocas palabras, sigue contando como orar.
Este texto es una reflexión personal y no representa una postura oficial ni doctrinal de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Para consulta doctrinal, recomendamos acudir a las Escrituras y a los recursos oficiales de la Iglesia.